La Mujer del Carpintero


Sus dedos callosos recorren el mantel con extremo cuidado, el sonido de las gallinas se puede escuchar del otro lado del cuarto de madera, el olor a carne recién puesta en el comal inunda el pasillo sin techo, ella se sienta en la misma silla de plástico, respira y descansa los pies que ya se encuentran levemente hinchados por el recorrer de las calles. El sonido de la puerta se escucha y abre los ojos, y se iluminan con el leve paso del sol sobre su rostro, dice su nombre, él le sonríe y camina directamente hacia el refrigerador como desde hace años lo hace, le dice que está cansado, ella se levanta con mejor ánimo y lo sigue hasta el cuarto, lo ve sentado en ese sillón viejo y acartonado, le dice que la comida pronto estará lista, se agacha frente a él. Y le quita con cuidado, primero el zapato izquierdo luego el zapato derecho, y le soba sus pies mallugados por el tiempo y los zapatos viejos, después de un rato ella se levanta en silencio, ya no lo besa, ya no lo abraza o le dice cosas con cariño, simplemente se deja guiar por sus instintos.

Y le sirve la comida, recién preparada y caliente, picosa, como a él le gusta, se sienta a su lado, prenden la tele, con el volumen lo más alto, con el paso de los años aprendieron a que no tenían que decirse nada para estar a gusto, y él con cuidado devora la carne, los frijoles y las tortillas que ella le ha servido, se lo come con calma; y de vez en cuando dice un comentario, que si las deudas han disminuido, que donde están sus hijos, que si el pantalón, con el que trabaja, ya lo coció de nuevo. Y hablan de cosas rutinarias, de cosas triviales, de temas que para oídos de otros tal vez se escuchen hasta aburridas, pero ella lo mira, y lo mira sin expresión alguna. Hace tanto que ya no se abrazan, hace tanto que ya no se tocan, ni se dicen te amo en las noches o en lo días en los que sólo están los dos.

Y después de un rato ella se levanta, se lleva los platos a la cocina, y se sienta de nuevo en esa vieja silla blanca, de nuevo pasa sus dedos callosos sobre el mantel, el sol vuelve a iluminarle la cara, enciende un cigarro y fuma, y respira el humo del paso de los años que ahora revive en su memoria. Y la televisión dejo de hacer ruido, y el sillón volvió a estar vacío, y las gallinas guardaron silencio un momento. Ella en lo bajo lo recordó tal como es, con esa misma sonrisa chueca.

Continúo fumando el mismo humo viejo, se paso la mano por el cabello, siempre amarrado, y de entre tantos ecos, el teléfono interrumpió con el incesante sonido de una llamada esperada. Se levanto rápido, descolgó el teléfono y puedo escuchar la voz de él, lejana y cansada. Y su mirada volvió a tener expresión, y sus manos dejaron de estar cansadas, y el sol se volvió más brillante y el sonido de la calle más nítido. Entonces en sus ojos se pudo ver el regresar del tiempo estando juntos y sin decir nada lo expreso todo. -¿Ya comiste?-

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No es nada de tu Cuerpo


Jaime Sabines – No es nada de tu cuerpo

No es nada de tu cuerpo
Ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
Ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.

No es tu boca -tu boca
que es igual que tu sexo-,
Ni la reunión exacta de tus pechos,
Ni tu espalda dulcísima y suave,
Ni tu ombligo en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el día,
Ni tus rodillas de marfil al fuego,
Ni tus pies diminutos y sangrantes,
Ni tu olor, ni tu pelo.

No es tu mirada -¿qué es una mirada?-
triste luz descarriada, paz sin dueño,
Ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
Ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
Ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.

No es nada de tu cuerpo,
Ni una brizna, ni un pétalo,
Ni una gota, ni un grano, ni un momento.

Es sólo este lugar donde estuviste, éstos
mis brazos tercos.

Amor Urbano


7:00 a.m.

El sonido del despertador resulta tan rutinario, que escucharlo por toda la blanca habitación se ha vuelto insoportable. Se levanta con pesadez, tira la sabana que ya se encuentra revuelta entre sus piernas. Se sienta al borde de la cama, recarga sus brazos sobre las rodillas e inhala, aspira el frío que entra por la ventana y mira hacia el sol. Un sol naranja y distante, la mañana promete ser lenta. Se levanta hacia el baño, frente a ella un espejo empañado le muestra su cabello rojo y sus ojos oscuros. Con ambas manos frota el agua sobre su rostro, y se detiene, y piensa. Piensa en el silencio que la rodea. Entra al baño, ese baño pequeño, con una regadera vieja y una cortina azul que la separa del resto. Abre la llave y deja correr ese líquido caliente sobre su espalda. Su cabello la cubre hasta la espalda y sus hombros se tensan con el agua. Y camina hacia la puerta, y se aleja. Y observa sobre su cama esa silueta ajena, esa respiración regular que la asecha. Y lo observa descansar, y acaricia su brazo, su tatuaje, sus dedos. Se sienta a su lado, la observa dormir. Sonríe, levemente, con tranquilidad. El celular suena, un mensaje aparece el numero es demasiado largo, lo lee con pereza y no lo contesta; no hoy. Se viste, uno jeans y un suéter. Hace frío, el invierno ha llegado. Pero el parque cerca de ella hace días que no lo visita.

7:30 a.m.

Su mano se topa con la almohada vacía, abre los ojos y ella no está. Y le llama, y no contesta. Vuelve a llamar y sigue sin responder. Deja la cama a un lado, el piso frío le molesta al caminar, sus boxers azules y su camiseta negra no lo cubren del frío. Y recorre la casa. Observa una nota sobre esa mesa de noche. “No te preocupes, vuelvo pronto Te quiero” Una leve sonrisa y un temblor en sus rodillas la hacen recordar la noche anterior, le hace pensar en sus labios, en sus manos, en su cuerpo, en su lengua, en su respiración y esa voz que la seduce. Con absoluta seguridad se vuelve a recostar, para soñar que en realidad no es sueño.

8:00 a.m.

El parque es más pequeño de lo que recuerda, más colorido a pesar del clima, tranquilo. Se sienta en esa típica banca que ya da señales de ser maltratada todas las noches por los mismos vagabundos que piden monedas y alimentan las a veces con pedazos de pan. Es extraño lo que siente, la tranquilidad que la rodea, observa con paciencia a la mujer que corre por el parque, al perro que se la pasa rondando el bote de basura, a los niños que juegan a la pelota. Observa los autos pasar, los camiones detenerse, observa el sol levantarse con forma imponente e iluminar cada rincón de esa ciudad, de ese urbanismo naranja. Y Sonríe, una sonrisa chueca, amplia y ligera.

8:15 a.m.

Y yo me acerco a ella, con pantalones flojos y rotos, con chamarra deshilada y un gorro que apenas si cubre mis orejas. Me siento a su lado, y toso con fuerza. Voltea a verme con curiosidad, y se levanta. Le digo que se quede, que un poco de compañía podría servirle a un alma vieja. Parece notar la sinceridad en mis ojos y vuelve a sentarse. “¿Cómo te llamas?” Le digo con la lengua entumida por el frío. No contesta. “Yo no tengo nombre, al menos no ahora. Se que solía tener uno, pero hace tanto que no lo uso que lo he olvidado” Me mira con ojos incrédulos y sabios, “No puedes olvidar tu nombre, es tu nombre” Con amplia sonrisa la miro, “Bueno al menos logre que hablaras” froto mis manos que se cubren apenas con unos guantes agujerados. Mira hacia otro lado, a ese lado dónde ves cuando estas pensando. “No es el nombre lo que importa en realidad, así que no me molesta no recordarlo” me mira nuevamente y sonríe. “La vida parece más lenta de este lado del mundo” le digo con firme tristeza. “Yo estoy contenta” suspira y aspira el humo del cigarro que acaba de prender. “Lo sé” vuelvo a toser. “El amor es curioso e impredecible” le susurro mientras enciendo por mi cuenta un cigarro. “A mí me ha sorprendido de repente” “¿Siempre tienes las palabras correctas? “ me mira con duda y parece que quiere reconocerme, no lo hace. “¿Qué es el amor?” le pregunto mientras me levanto. Dos, tres pasos y me alejo de ella. Me detengo y con una sonrisa pordiosera le digo adiós.

9:00 a.m.

Lleva demasiado tiempo tratando de responder la pregunta que ese mendigo le hizo, ella sabe que es el amor, ella entiende lo que es. Lo que no se explica es porque no le salen palabras. Una mano se posa sobre su hombro, voltea y lo mira. Esos ojos transparentes le sonríen. Se abraza a él, sin preguntarse nada, sin decirse nada. Dicen que los cuentos de hadas no son de verdad, pero si fuesen reales seguramente serían como su historia, porque no necesita responder nada, sólo se deja llevar. Sí debe ser amor.

Amor


¿Qué es el amor?

Sentimiento de vivo afecto e inclinación hacia una persona o cosa a la que se le desea todo lo bueno: el amor al prójimo;abrazó al bebé con gran amor; nunca ocultó su amor a la patria; el amor de la gloria lo llevó hasta el heroísmo.” Fuente Diccionarios.com

“Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.” Madre Teresa de Calcuta
“...El amor on se dice con nada, ni con palabras ni con callar. Trata de decirlo el aire y lo está ensayando el mar.
Pero el amante lo tiene prendido…..El amor no tiene remedio y sólo quier jugar ” Jaime Sabines

Te amo como se aman ciertas cosas oscuras, Secretamente, entre la sombra y el alma”  Pablo Neruda

“El amor es exclusivo y único porque en la persona amada se alcanzan libertad y necesidad” Octavio Paz

Diario de Eliza 17 Febrero 2009


Cuando yo era pequeña, tenía un perro, mi padre no me dejaba tenerlo y a veces lo golpeaba, más si causaba algún destrozo. En una ocasión lo golpeo tanto que él ya no podía moverse, su cadera estaba rota, ya ni siquiera parecía tener las fuerzas para llorar, cada vez que yo me acercaba él quería morderme, no me dejaba, me lastimaba. Yo no entendía porque, porqué se comportaba así conmigo y con mi padre será tan sumiso, ¿debía yo tratarlo mal para que me respetara?, yo no lo entendía. Hasta que un día, me lastimo completamente la mano y conocí el dolor que él debía estar sintiendo por todo el cuerpo.

Así que una noche lo cargue y lo lleve afuera de la casa, él nunca se movió ni lucho, incluso parecía verme, había una fuente cerca de mi casa y lo lleve hasta ese sitio, lo abrace fuertemente y podía sentir como se relajaba. Lo deje sumergirse, y no lucho. Se dejo vencer. Lo vi morir….

Al regresar a mi casa jamás regrese la mirada, no podía, no debía, yo ya lo había dejado ir. Fue la primera vez arranque una vida. No sentí tristeza ni culpa, me sentí libre y lo supe libre.

Al día siguiente mi padre me golpeo con tal fuerza en la espalda que dure dos semanas en el hospital.

Tal vez mañana logre hacer lo mismo con Renata, dejarla ir. Aún cuando mañana sufra aún más de lo que ya estoy sufriendo ahora.

Eliza